Acompañar y sostener

Hace muchos años, la siguiente oración me conmovió. Aún la recuerdo y me reconforta:

Una noche tuve un sueño… soñé que estaba caminando por la playa con el Señor y, a través del cielo, pasaban escenas de mi vida.

Por cada escena que pasaba, percibí que quedaban dos pares de pisadas en la arena: unas eran las mías y las otras del Señor.

Cuando la última escena pasó delante nuestro, miré hacia atrás, hacia las pisadas en la arena y noté que muchas veces en el camino de mi vida quedaban sólo un par de pisadas en la arena.

Noté también que eso sucedía en los momentos más difíciles de mi vida. Eso realmente me perturbó y pregunté entonces al Señor: “Señor, Tú me dijiste cuando decidí seguirte, que andarías conmigo a lo largo del camino, pero durante los peores momentos de mi vida, había en la arena sólo un par de pisadas. No comprendo porqué Tú me dejaste en las horas en que yo más te necesitaba”.

Entonces, Él, clavando en mí su mirada de amor infinito me contestó: “Mi querido hijo. Yo te he amado y jamás te abandonaría en los momentos más difíciles. Cuando viste en la arena sólo un par de pisadas fue justamente allí donde te cargué en mis brazos”.

Esta noche, velando el malestar de mi hija María, acompañándola en el mal rato de la hiperglucemia de 350, el revuelto de estómago hasta vomitar, he sentido que yo, como madre, así estoy con ella: acompañándola en los momentos que me necesita y sosteniéndola en mis brazos en los peores momentos. Es difícil para una madre ver sufrir a su hija y al mismo tiempo estoy agradecida de poder cuidarla y saber que su malestar ya ha pasado por ahora. En un rato saldrá el sol y a pesar del sueño, disfrutaremos del día.

 

Categorías: experiencias

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